Imperio Nuevo de Egipto y Tabla de las Naciones
Como vimos en el apartado dedicado al Antiguo Egipto, hacia el siglo XXIII a.C, durante la dinastía VI la situación social, económica, religiosa y política se deterioró gravemente implicando un cambio de rumbo en el contexto general del territorio. Durante la dinastía VIII, el último rey de Menfis sufrió un golpe de estado por parte de un dirigente de Heracleópolis, ciudad que se disputa con la entonces pequeña Tebas, el control del Alto Egipto. Estas dos ciudades, Tebas y Heracleópolis, mantuvieron constantes disputas, primero para obtener zonas de influencia, después para intentar controlar todo Egipto. Hacia 2130 a.C surgió en Tebas la dinastía XI, cuyos líderes recrudecieron la lucha contra los mandatarios de Heracleópolis. Mentuhotep II, de Tebas, cerca de 2040 a.C conquistó Heracleópolis y unificó todo Egipto bajo su mando; fue el comienzo del Imperio Medio de Egipto.
Avaris fue la capital de las dinastías hicsas que se introdujeron en Egipto y durante el siglo XIX a.C, vencieron a los faraones. Lo que comenzó como una migración paulatina de cananeos hacia el delta del Nilo, se transformó con el tiempo en conquista militar de casi todo el territorio egipcio, originando la caída del Imperio Medio. Hicsos es el término helenizado de la denominación egipcia ‘heqa jasut’, que significa 'gobernantes de países montañosos'. Los gobernantes hicsos eran jefes de pueblos de Canaán y según los historiadores, cuando instalaron su capital en Avaris, ya existía al menos un poblado egipcio en ese lugar, por lo que la fundación de Avaris no es considerada hicsa. Finalmente, los dirigentes egipcios de Tebas consiguieron sacarse el yugo hicso, creando así la dinastía XVII. Proclamaron la "salvación de Egipto" y dirigieron una "guerra de liberación" contra los hicsos. Al final de la dinastía XVII, sobre todo bajo el reinado del faraón Kamose, se emprendieron confrontaciones militares que llevarían a la expansión del reino tebano, tanto hacia el norte como hacia el sur, al debilitamiento de los reyes hicsos y a su final expulsión del país por parte del faraón Ahmose, hermano de Kamose y fundador de la dinastía XVIII, dando lugar al inicio del Imperio Nuevo de Egipto. Esta historia de los orígenes de la dinastía XVIII (casa real de Tebas) y la reunificación de Egipto se puede ver en importantes tumbas excavadas en la roca de la necrópolis de Nekheb (actual El Kab) a 66.000 metros del templo de Luxor en Tebas. Ese lugar además, se encuentra a 66 millas náuticas de Filae, visto anteriormente. El origen cananeo de los hicsos es de suma importancia para los estudiosos de la Biblia, ya que ofrece el marco histórico perfecto para relatos como el del patriarca José; que un semita de Canaán como José llegara a ser el "primer ministro" de un faraón cobra sentido absoluto si ese faraón era también un hicso de origen semita y cananeo que veía con buenos ojos a sus parientes del Levante. De igual manera, cuando los gobernantes nativos egipcios del sur (la dinastía de Tebas) iniciaron una guerra de reconquista y lograron expulsar a los hicsos de regreso a Canaán, toda la población semita que se quedó en el delta pasó a ser vista con profunda sospecha y hostilidad. Esto coincide con el inicio del libro del Éxodo, que narra el ascenso de un nuevo faraón «que no conocía a José» y que decidió esclavizar a los hebreos por temor a su enorme crecimiento demográfico.
La Biblia (lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento) fue recopilada en el siglo III a.C, cuando setenta sabios judíos fueron invitados por el rey Ptolomeo II a acudir a Alejandría para aportar a la famosa biblioteca la historia del pueblo de Israel. Durante meses, pusieron por escrito la memoria de miles de años del pueblo de Israel, desde Adán, hasta Moisés, incluyendo los libros históricos, sapienciales y proféticos. Su trabajo se tradujo del arameo y hebreo antiguos al griego. Así nació la llamada Biblia de los Setenta o Alejandrina (también Septuaginta), en la que se basa el texto cristiano actual aunque, en su versión católica, contiene 73 libros, mientras que la versión protestante contiene 66. La diferencia radica en los libros deuterocanónicos, que son incluidos en el Antiguo Testamento de la Biblia católica y no en la protestante. Para muchos, el más importante de los protocanónicos es el de Isaías porque es el más citado por Jesús. El libro de Isaías contiene 66 capítulos. Los primeros 39 hablan de juicio como los primeros 39 libros del Antiguo Testamento, y los 27 restantes hablan de salvación y esperanza como los 27 del Nuevo Testamento. El Pentateuco es el conjunto formado por los cinco primeros libros de la Biblia, que la tradición judeocristiana atribuye al patriarca hebreo Moisés, al cual el judaísmo rabínico lo sitúa desde el año 1391 a.C hasta 1271 a.C. El primero es Génesis, a este le siguen Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. El Génesis se puede dividir en cuatro partes, la primera es un relato de la creación del mundo, el autor nos narra la creación de un mundo tal como se concebía en aquella época, de acuerdo con la "ciencia" del momento. Este acto de creación de la nada, idea que no tiene palabra para expresarla en los idiomas contemporáneos al hebreo y que es muy importante en cuanto a diferenciarse del concepto de dios que se tenía hasta entonces, el autor lo estructura o lo ordena numéricamente: el primer día, cogiendo como base el caos, creó cielos, tierra, agua y luz, cuatro elementos que fueron ordenados por Dios (quinto elemento) durante cinco días creando las leyes de la naturaleza o leyes físicas, conceptos inmutables de los cuales Dios es garante. Este sucederse ordenado de las cosas, previsto y sostenido por Dios, es lo que se llama en Teología "providencia ordinaria" y ya Platón en el décimo libro de las Leyes afirma la existencia de una idea similar: "el que cuida el universo tiene todas las cosas ordenadas para la salvación y virtud del conjunto, de modo que también cada parte de la multiplicidad padece y hace en lo posible lo que le es conveniente. A cada una de ellas se le han establecido jefes que dirigen continuamente lo que deben sufrir y hacer hasta en el mínimo detalle y hacen cumplir la finalidad del universo hasta en el último rincón". El conocido símbolo de la "divina providencia", consistente en un ojo dentro de un triángulo, representa esto. El sexto día creó al hombre para ser su representante en la Tierra y para llevarla a la perfección mediante su trabajo, como vimos en los apartados precedentes mediante el símbolo de la Vara y el Aro, el rey, el faraón o el emperador de turno, recibe este mandato divino consistente en continuar con el orden establecido por Dios y perfeccionarlo desarrollándolo.
La segunda parte de las cuatro en que se puede dividir el Génesis cuenta la historia temprana de la humanidad desde la perspectiva hebrea y que en cierto modo, coincidía con la forma que tenían sus vecinos de entenderla. Analizando el conjunto de la mitología sumeria (acadia, babilónica y asiria), en el Enuma Elish mencionado anteriormente, se pueden encontrar puntos similares, o potencialmente influyentes en la historia bíblica del Génesis; en un paralelismo claro con la historia de Eva, la diosa Ki tomó un hueso de Enki y creó una diosa llamada Nin-ti, la ‘mujer del hueso’. La historia del Jardín del Edén es análoga a la sumeria en la que Enki crea a los seres humanos y un lugar donde podían vivir sin miedo a los animales, pero posteriormente su hermano Enlil descubrió que los humanos tenían un comportamiento inadecuado y los expulsó de este paraíso. Sobre el fracaso de la inmortalidad, tanto en el Génesis como en la mitología sumeria hay una planta que puede otorgar la inmortalidad y una serpiente que evita que los personajes la obtengan. La tercera parte sería la caída del hombre desde que comete el pecado original en el Edén hasta que Caín mata a Abel. La historia de Abel y Caín tiene analogía con varios mitos sumerios que explican disputas, siempre relacionadas con el pastoreo y la agricultura. Estas historias representan las consecuencias de la revolución neolítica, la primera transformación radical de la forma de vida de la humanidad, que pasó de nómada a sedentaria, al concretarse una economía productora basada en la agricultura y la ganadería. Tras una primera división sexual de la humanidad entre Adán y Eva, sigue, en la segunda generación, una división del trabajo y, por tanto, del espacio. Como vimos en el apartado ‘Marco Geohistórico y Conceptual’, los hijos de Adán y Eva encarnan las dos almas en que fue dividida, desde sus inicios, la humanidad; por deseo expreso de Dios, Caín se habría dedicado a la agricultura, y Abel al pastoreo. Caín es el alma sedentaria, Abel es el alma nómada. De ese modo Adán y Eva dejaron a sus hijos un mundo repartido equitativamente: a Caín le correspondió la propiedad de toda la tierra, y a Abel la de todos los seres vivos. Pero todos los seres vivos necesitan la tierra para moverse y, sobre todo, también los pastores la necesitan para alimentar sus rebaños. Así pues, tras una disputa, Caín mató a Abel condenándose a sí mismo a la condición de eterno vagabundo a causa de su pecado fratricida: ”cuando labres la tierra, no te dará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante”. El nomadismo de Abel deja de ser una condición privilegiada y se convierte en un castigo divino. El error fratricida se castiga con el amor sin patria, una perdición eterna por el país de Nod, el desierto infinito por el cual habría vagabundeado Abel antes que Caín. El autor sabe la delgada línea que separa, en sus inicios, el mundo nómada y el sedentario, así como sus contradicciones. Es ahora cuando se complican las cosas, cuando se empieza a echar de menos el Edén, donde la humanidad, ajena al bien y al mal, no necesitaba ninguna ciencia para vivir feliz. La evidencia histórica y arqueológica muestra que, previamente a la revolución neolítica y el desarrollo de la agricultura, los seres humanos en general no mostraban signos ni síntomas de enfermedades crónicas. La revolución neolítica produjo una alteración en los seres humanos que condujo a un empeoramiento de las condiciones de vida por reducción de la variación de la dieta, a pesar de garantizar un suministro más continuo de comida. La mayoría de las poblaciones durante la revolución neolítica sufrían malnutrición crónica y debutaron un gran número de enfermedades crónicas o degenerativas, que continúan presentes en la actualidad. El sedentarismo y el aumento espectacular de la densidad de población también produjo peores condiciones sanitarias y endemizó las enfermedades.
Inmediatamente después de la muerte de Abel, la estirpe de Caín será la primera en construir las primeras ciudades. El Génesis asocia a los descendientes de Caín con la fundación de la primera ciudad (Enoc), la cual se ubica geográficamente en la región que más tarde se conocería como Sumeria (Sinar) o Mesopotamia. En el Génesis, el avance tecnológico no ocurre de forma gradual a lo largo de miles de años, sino que se condensa en unas pocas generaciones dentro de la descendencia de Caín. Jabal es llamado el padre de "los que habitan en tiendas y crían ganados". Representa la consolidación del pastoralismo nómada. Jubal es el padre de "todos los que tocan el arpa y la flauta". Representa el nacimiento de las artes complejas, posibles gracias al excedente de tiempo que permite la vida urbana. Tubal-caín, definido textualmente como "artífice de toda obra de bronce y de hierro", es la personificación bíblica de la Edad de los Metales. Para los autores bíblicos, la metalurgia y la civilización urbana están ligadas a la línea del primer asesino. Como vimos en varios apartados anteriores cuando se habló del símbolo de la Vara y el Aro, según la tradición sumeria, la transición del Neolítico a los metales no fue un invento humano, sino una transferencia de conocimientos de los dioses a la humanidad, aquí volvemos a encontrar los ‘me’ sumerios, el conjunto de decretos divinos que contenían todas las tecnologías, artes e instituciones de la civilización (incluyendo la metalurgia y la escritura). En la mitología sumeria, el dios fundador y patrono de la ciudad de Eridu era Enki (el dios de la sabiduría, las aguas subterráneas y las artes de la civilización). Los eruditos han sugerido que el nombre del dios Enki guarda un estrecho paralelismo con el nombre Enoc. Tras la destrucción del mundo por el Diluvio Universal, las memorias históricas sobre el sabio Enoc o su padre Caín (los inventores de la metalurgia, la música y la arquitectura en el Génesis) habrían sido "mitificadas" por los pueblos politeístas de Mesopotamia, transformando a los antiguos líderes constructores en deidades de la civilización como Enki. En el apartado dedicado a Sumeria vimos que Enoc tiene su origen en Enmeduranki, el "Patrón Fundador" del gremio de los astrónomos y científicos de Mesopotamia (los Ummanu), cuya capital es Sippar de Shamash, conectada a la tumba de Noé y Adán en Nayaf.
Cuando Caín se fue, Adán y Eva tuvieron a Set, quien representa la espiritualidad y la fidelidad; en Génesis 4:26 se puede leer: "entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Yahvé". Cada aspecto de la vida durante el neolítico y el calcolítico (edad del cobre) estaba asociada a lo ritual y es en esta época cuando emerge el concepto de "santuario" (la morada terrenal de los dioses) donde se realizaban ceremonias para honrarlos así como a los cuerpos celestiales. Durante mucho tiempo la ciencia ha creído que el orden del progreso humano había sido: primero agricultura, después ciudades y por último, religión organizada. Se pensaba que solo cuando los humanos se asentaron en ciudades (la línea de Caín) tuvieron el tiempo y la estructura para construir templos y desarrollar una espiritualidad compleja. Sin embargo, los hallazgos arqueológicos recientes le han dado la vuelta por completo a esta teoría, alineándose con la narrativa del Génesis de que la búsqueda espiritual ocurrió de forma paralela, e incluso previa, a la consolidación de las grandes ciudades. Esto es algo que, precisamente en Göbekli Tepe, las excavaciones demostraron. Cuando se construyeron estos majestuosos templos, la humanidad aún no practicaba la agricultura a gran escala ni vivía en ciudades. Eran cazadores-recolectores que se unían desde lugares remotos con un solo propósito: el culto ritual. El mausoleo de Noé, en Najicheván, se encuentra a 330 millas náuticas de Gobekli Tepe, como vimos anteriormente.
Bajo la mirada de mestizaje y desplazamiento progresivo entre cainitas y setitas planteada en el apartado ‘Marco Geohistórico y Conceptual’, el avance del Impulso de Caín (el poder centralizado del calcolítico) devorando al Impulso de Set (el orden seminómada del neolítico) traza una línea que se puede mapear. Las comunidades neolíticas y del calcolítico temprano (como los natufienses avanzados, las primeras fases del Valle del Indo o las culturas Badarienses en Egipto) vivían en un orden tribal, orgánico y descentralizado. Eran seminómadas o sedentarios de baja densidad. No tenían ejércitos profesionales, ni burocracia, ni propiedad privada rígidamente cercada. La Tierra era un organismo común. El calcolítico introduce la metalurgia del cobre y la macroingeniería hidráulica de irrigación, especialmente en Mesopotamia. Para excavar y mantener canales de ríos monstruosos, ya no bastaba con la cooperación familiar de Set; se necesitaba un órgano de control centralizado que administrara el trabajo forzado, midiera el grano y almacenara los excedentes en templos-granero. El cobre propicia el primer concepto de Estado, el metal requiere especialistas a tiempo completo, mineros y redes de defensa. Nace la primera élite administradora que separa a los hombres entre "los que mandan y gestionan" y "los que ejecutan". El impulso se institucionaliza de forma radical en la llanura de Sinar (Mesopotamia), se convierte en el epicentro de la Revolución Urbana. Con la cultura de Uruk, la burocracia de Caín inventa la escritura contable para registrar tributos y delimitar propiedades. Nace la primera entidad estatal propiamente dicha. El ser humano abandona el espacio abierto de Set y se encierra tras murallas colosales de ladrillo artificial. El territorio se compartimenta. La metalurgia avanza hacia el Bronce (la aleación militar). Este poder centralizado sumerio y sus evoluciones (como Babilonia) comienzan a expandirse hacia afuera, fagocitando los señoríos agrícolas autónomos del entorno y expandiendo la necesidad del control estatal. Tras el apagón del Kiloaño 4.2 (2.200 a.C) y la dispersión, el Impulso de Caín avanzado muta en formidables maquinarias de expansión militar y minera para asegurar el suministro de los imperios centralizados. Las culturas metalúrgicas expansivas de Europa Central y Occidental (como Únětice o el primer Estado militarizado de El Argar en la península ibérica) extienden sus redes de opresión política y minera. Empiezan a presionar las zonas periféricas del continente. Obligan a las poblaciones seminómadas o comunales de Set a replegarse en los márgenes (el refugio atlántico de los celtas e íberos) o a hibridarse forzosamente, adoptando el metal para defenderse pero intentando salvar su alma telúrica bajo la guía de los druidas.
Los descendientes de Set se fueron mezclando con los de Caín. El carácter transformador de la metalurgia incidió en las mitologías de esta humanidad primitiva generando divinidades demiúrgicas, modificadoras de la materia. El paso de golpear piedra a derretir una roca para extraer metal líquido fue visto por el ser humano antiguo no como una simple técnica, sino como magia y alquimia. El herrero dominaba el fuego y alteraba el orden natural de las cosas; era un "demiurgo" a pequeña escala. También hemos visto que Enki, el dios sumerio de la sabiduría, la magia y las aguas subterráneas es el arquetipo del dios demiúrgico y manipulador de la materia. Él no crea el universo de la nada (como el Dios bíblico), él moldea la arcilla para crear al ser humano, organiza los ríos y enseña a los hombres a fundir metales. Es el dios de la técnica. La Tierra estaba corrompida por los seres que habitaban en ella y que no habían sido capaces de vivir de acuerdo a las leyes de Dios, éste lo exterminó todo menos a la familia de Noé, que representa al grupo de seres que sí vivieron en armonía con sus leyes y el nuevo comienzo en base a un nuevo pacto. Por lo tanto, la cuarta parte de las cinco en que se puede dividir el relato del Génesis corresponde al diluvio. Existen tres grandes textos mesopotámicos que narran este cataclismo: el Mito de Atrahasis (el más antiguo), la Epopeya de Gilgamesh y el Génesis bíblico. Al compararlos, encontramos paralelismos estructurales exactos y analogías conceptuales. Por otra parte, en el apartado dedicado al Hinduismo, se explican los alineamientos vinculados al diluvio de Manu, análogos a estos. Según la Biblia, Noé y con él la humanidad, se salvan y empiezan de nuevo desde el monte Ararat. Para los pueblos mesopotámicos antiguos, el barco no encalló en el majestuoso e imponente pico nevado de 5.137 metros que hoy llamamos Monte Ararat (ubicado al norte de Turquía, cerca de Armenia), en su lugar, las tradiciones locales y los textos cuneiformes apuntaban hacia el Monte Cudi (o Judi), situado unas 200 millas al sur, justo en el borde donde termina la llanura mesopotámica y comienzan las montañas. Los persas no se enfocaban en el Ararat ni en el Cudi originalmente, sino en sus propias montañas sagradas (se habló del Damavand) pero observando nuestro mapa de alineamientos observamos que estos lugares tienen algo en común, forman parte del cinturón Alpino-Himalayo y además están vinculados al arquetipo de Noé/Jamshid/Manu, etc. En la mitología nativa persa (reflejada en los textos sagrados del zoroastrismo como el Avesta), el equivalente al Diluvio no es un cataclismo de lluvia provocado por el "ruido" humano, sino un mortal invierno apocalíptico lleno de escarcha, nieve y hielo que al derretirse inunda los valles. El dios Ahura Mazda advierte al rey Yima (o Jamshid) sobre esta destrucción inminente. En lugar de un barco, le ordena construir la Vara de Yima, un inmenso refugio amurallado o fortaleza subterránea en la cima de "la montaña más alta". Históricamente, la cordillera sagrada para los persas era la cordillera del Alborz, y su pico más alto, el Monte Damavand. Hasta ahora tenemos señalado el monte Damavand en nuestro mapa de alineamientos porque está conectado a Anshan y al complejo megalítico Zorats Karer pero en el siguiente apartado, dedicado a Persia, veremos que Persépolis se conecta de manera triple al personaje de Noé y cuando la cronología llegue al apartado dedicado al islam sabremos más sobre el monte Cudi. Los persas no conocen las ruinas de la ciudad por el nombre clásico Persépolis, sino bajo el título de Tajt-e Yamshid (Takht-e Jamshid), que significa literalmente «El Trono de Yamshid». Estructuralmente y en la mitología comparada, Jamshid es el equivalente exacto de Noé (o del Utnapishtim de Mesopotamia) dentro del mundo persa y zoroástrico.
Los hijos de Cam fueron Cus, Mizraim, Put y Canaán. Anteriormente hemos visto los alineamientos asociados a Canaán así como algunos de la historia temprana de Egipto (Mizraim) y cómo están conectados (hermanados) mediante la Gran Pirámide y la ciudad de Tiro. También vimos en el apartado dedicado a Canaán que la ciudad de Sidón se fundó a 66,6 millas del punto extremo de mayor altitud de Canaán, el Qurnat as Sawda. Según el Génesis, Sidón es hijo de Canaán, así como Het, de quien descienden los hititas. Desde la perspectiva de los hebreos asentados en su tierra, ambas entidades dominaban o formaban parte integral de la región geográfica de Canaán en distintas épocas, y sus destinos estaban entrelazados. Cuando los hebreos llegaron a Canaán, ya existían comunidades y familias de origen hitita viviendo allí desde hacía siglos como minorías locales integradas. La Biblia los menciona constantemente conviviendo con los patriarcas: Abraham le compra la cueva de Macpela a Efrón el hitita (Génesis 23), Esaú se casa con mujeres hititas, y siglos después el rey David tiene en su ejército a Urías el hitita. Dado que los descendientes de Het (los hititas del sur o neohititas) eran una de las naciones principales que habitaban y controlaban políticamente la región de Canaán al momento de la narrativa bíblica, los escribas los catalogaron genealógicamente como "hijos" (habitantes/frutos) de la tierra de Canaán. Seguidamente veremos que Egipto (Mizraim) se encuentra conectado, alineado numerológicamente, a su hermano Cus (civilización Kush) y posteriormente también se mostrarán ejemplos en Libia, correspondiente al otro hijo de Cam, llamado Put. Cabe recordar que, según la tradición judía y el Midrash, cuando Abraham compra la Tumba de los Patriarcas (Cueva de Macpela) de Hebrón, descubre que allí está la tumba de Adán y Eva (a 660 millas náuticas del monte Ararat). Como vimos, la Biblia describe que los linajes de los gigantes reaparecieron en Canaán después del Diluvio a través de las tribus locales. El líder bíblico Josué se enfrentó formalmente a estas tribus en Hebrón (Quiriat-arba), la principal fortaleza de los Anakim. De acuerdo con el relato, los gigantes fueron expulsados de Hebrón por el guerrero Caleb hacia el siglo XIII a.C.
Analizando la historia de Egipto, la exposición se había interrumpido al inicio de la dinastía XVIII, cuando los hicsos habían sido expulsados del país. El tercer faraón de esta dinastía fue Tutmosis, gobernó durante unos 15 años en los que convirtió al país en una superpotencia mundial, conquistando toda la región sirio-palestina y llegando hasta la cuarta catarata del Nilo en Nubia. Se le considera fundador del poblado de artesanos de Deir el-Medina y su tumba es la primera conocida del Valle de los Reyes. La tumba ha sido ubicada de modo que dista del punto extremo septentrional de la geografía de Egipto 666.600 metros. Y también a 3.333 millas de otro punto extremo, el lugar más alto del mundo, la cima del monte Everest. Esto evidencia el conocimiento del cinturón Alpino-Himalayo a un nivel global. Otros importantes lugares de la India y Pakistán, vinculados también al arquetipo del cataclismo y el posterior reinicio de la humanidad están conectados a esta misma cima. El Valle de los Reyes dista 333 kilómetros del punto extremo de mayor altitud de Egipto, el monte Catalina en la península del Sinaí, el mismo que tenemos conectado en nuestro mapa de alineamientos, a Abidos, cuna espiritual de los ancestros de los primeros faraones. Como vimos en el apartado dedicado al Antiguo Egipto, el monte Santa Catalina es un pilar geológico fundamental en el origen y delimitación de la Falla del Mar Muerto por lo tanto, el Valle de los Reyes está conectado doblemente a este sistema de fallas y cinturones orogénicos ctónico y tectónico global.
Hatshepsut fue hija de Tutmosis y una de las pocas faraonas, durante su reinado se produjo tanta estatua que casi todos los museos importantes del mundo, con artefactos del Antiguo Egipto, tienen estatuas de Hatshepsut entre sus colecciones. Construyó obeliscos gemelos para el templo de Karnak de casi 30 metros de altura y mandó construir uno de 41 metros, pero este se rompió durante la construcción y se dejó en su lugar de extracción en Asuán, donde aún permanece, conocido como el Obelisco Inacabado. Este obelisco se encuentra a 6.660 kilómetros del punto extremo meridional de África, lugar que también marca el límite entre el océano Atlántico y el océano Índico. Cabe recordar que los obeliscos son representaciones estilizadas de la colina primordial Benben, el montículo sagrado que emergió de las aguas del caos (Nun) al principio de los tiempos, sobre el cual se manifestó el dios creador (Atum o Ra). Es decir el equivalente al resto de montes sagrados situados sobre las venas del Dragón, las fallas y cinturones orogénicos de la Tierra. Si se analizan los puntos extremos de África se observa que Egipto es un país clave para el análisis de este fenómeno y el área de Asuán es de máxima importancia para su comprensión, como veremos más adelante.
Durante el reinado del sucesor de Hatshepsut, Tutmosis III, el Imperio Egipcio alcanzó su máxima extensión territorial. En Nubia (Kush) fundó Napata, a 333 millas náuticas del antiguo límite en Philae. La historia de la fundación de Napata está íntimamente ligada a la edad de oro militar del Imperio Nuevo de Egipto y al misticismo de una montaña sagrada. Al contrario de lo que podría pensarse, la ciudad no fue fundada originalmente por los nubios (kushitas), sino por un faraón egipcio: el célebre Tutmosis III, hacia el año 1460 a.C. Tutmosis I fue quien verdaderamente rompió la resistencia de Nubia y destruyó el Reino de Kerma. Su ejército marchó de forma agresiva hacia el sur y llegó hasta la Tercera y Cuarta Catarata pero no construyó un asentamiento urbano permanente en esa zona extrema. Unas décadas más tarde, Tutmosis III regresó con el objetivo de consolidar y colonizar definitivamente la frontera. Fue bajo su reinado cuando se ordenó la construcción formal de la ciudad de Napata y se levantó la primera capilla/templo dedicada al dios Amón a los pies del Gebel Barkal. Según los historiadores, la ubicación de Napata no fue elegida al azar, el asentamiento se levantó a la sombra de un imponente y solitario peñasco de arenisca que emerge del desierto, el Gebel Barkal. Al ver la montaña, los sacerdotes y soldados egipcios quedaron conmocionados por una asombrosa coincidencia visual: una de las formaciones rocosas naturales de la ladera tenía la silueta exacta de una cobra erguida (un Uréu), el símbolo sagrado de la realeza faraónica. Los egipcios declararon de inmediato que Gebel Barkal era una montaña santa y la residencia oficial en la Tierra de su dios nacional supremo, Amón de Karnak. Declararon que este era el hogar del dios en el sur, conceptualizando así a Egipto y Nubia como un todo unificado y justificando su dominio de ambos. Mizraim y Cus quedaron hermanados de esta forma. Tutmosis III y sus sucesores (como Amenhotep III) construyeron los primeros templos excavados en la roca a los pies de la montaña, convirtiendo a Napata en el epicentro religioso de todo el sur del imperio. Geográficamente, la fundación de Napata en ese lugar específico responde a una lógica perfecta de control territorial, recursos naturales e ingeniería fluvial. El sitio fue elegido por tres factores geográficos cruciales: Napata se sitúa justo río abajo (al sur) de la Cuarta Catarata del Nilo, ésta actuaba como un "freno natural" para la tremenda fuerza del Nilo. Al perder energía tras pasar los rápidos, el río se ralentizaba drásticamente al llegar a la llanura de Napata. El Nilo, al norte de la Cuarta Catarata, realiza una gigantesca y sinuosa curva en forma de "S" (la Gran Curva del Nilo) que alarga el viaje en barco durante cientos de kilómetros a través de zonas rocosas impracticables. Napata se fundó en el punto estratégico exacto donde era más fácil cruzar el río y donde convergían las principales rutas de caravanas que cortaban en línea recta a través del desierto. Servía de enlace directo para los mercaderes que viajaban por tierra desde la Tercera Catarata (conectando con Egipto) hacia la Sexta Catarata (el acceso directo al África subsahariana). Quien controlara Napata, controlaba el peaje y el flujo de todo el oro, el marfil y el ébano del continente. El desierto en esa zona es predominantemente plano, por lo que la monumental silueta aislada de la montaña de Gebel Barkal (un imponente peñasco de arenisca de casi 100 metros de altura) era visible a kilómetros de distancia. En resumen, Tutmosis III no eligió el lugar al azar, fundó Napata donde la geografía del Nilo ofrecía la tierra más cultivable y segura de Nubia, donde los caminos del desierto obligaban a los comerciantes a detenerse y donde una imponente montaña sagrada bendecía el límite de su imperio. Sin embargo, como vemos en nuestro mapa de alineamientos, esta pequeña roca aislada dista 333 millas náuticas del otro límite (Philae), es decir, los planes políticos y geográficos están en harmonía con la orografía del terreno y la numerología de esta red de alineamientos. Esto es algo que veremos continuamente a lo largo de la exposición.
Hasta este punto de la lectura hemos conocido varios lugares alineados con Filae, pero Filae no sólo es peculiar en cuanto a que ha sido elegida por el poder como vértice geodésico desde donde ordenar la geografía egipcia, ya que si se observa África en conjunto, se puede apreciar claramente que Asuán se encuentra ubicada a orillas del río más largo de este continente. Si se observa más en detalle, de los miles de kilómetros que mide el río Nilo, Aswan, Philae y la presa de Asuán se encuentran justo en la primera catarata, justo en el lugar en que la naturaleza ha segmentado el río Nilo, dotándolo de navegabilidad hacia el norte hasta el Mediterráneo. La naturaleza de la civilización egipcia está directamente relacionada con este hecho, que se supone fortuito ya que forma parte de lo que llamamos el capricho de la naturaleza. Estoy hablando de las crecidas del río Nilo que fertilizan la tierra y que tanto han determinado la cosmogonía egipcia. Pero no sólo en la egipcia, como hemos visto en los primeros apartados siguiendo el recorrido del símbolo de la Vara y el Aro, las crecidas del Tigris y el Éufrates, más caóticas e impredecibles que las del Nilo, hicieron que la sociedad sumeria experimentase un auge masivo en la ingeniería hidráulica, los ingenieros sumerios utilizaban las herramientas de Enki (la vara y el aro) para diseñar complejas redes de canales, diques y embalses. Es por este motivo que merece la pena romper el orden cronológico para conocer más ejemplos de este fenómeno que se dan con más intensidad en la presa de Asuán. La presa de Asuán y con ella el lago artificial Nasser, el más grande del mundo, ha sido construida entre británicos, soviéticos y egipcios desde finales de siglo XIX hasta su ampliación en la década de los 70 del siglo XX. El lugar elegido dista del punto extremo oriental de África continental (cabo Hafun, Somalia) 1.333 millas náuticas y 3.333 millas del punto extremo occidental de África continental (Dakar, Senegal). El ejemplo que confirma que esto no es casual se encuentra en el lago Mead, el embalse más grande de los Estados Unidos por volumen cuando está lleno. La presa Hoover retiene el lago Mead y se encuentra a 3.330 metros del Capitolio de Washington. Una vez más, una inteligencia ordena el territorio numerológicamente. El caos originado por las aguas es el punto de partida de nuestro recorrido por el simbolismo del orden civilizador, la vara y el aro es el más antiguo de los símbolos asociados a la idea de ordenar el territorio tras la crecida del río. Es también el mandato divino delegado en el rey, la columna vertebral que sostiene la política y la religión. El rey no gobernaba por simple fuerza militar; era un funcionario sagrado elegido por los dioses para una misión cósmica: actuar como el dique de contención humano contra el colapso del universo. Si los dioses concebían el orden en el cielo, el rey era el ingeniero encargado de materializarlo en la Tierra. En el relieve arqueológico, este traspaso de poder siempre se escenifica de la misma manera: el dios aparece sentado en su trono a una escala mucho mayor que el ser humano, demostrando su superioridad cósmica. Con una mano, sostiene los hilos del universo y, con la otra, extiende de forma directa la vara de medir y el aro de cuerda hacia el rey, que aguanta la mirada con sumisión y respeto. Este apretón de manos místico significaba: te entrego las matemáticas del cielo para que dibujes los límites del orden en la tierra. La ubicación elegida para la presa de Asuán (y la Hoover) y los alineamientos que provoca evidencian que esta dinámica existe aún. Existe una élite constructora que distribuye los elementos por el territorio siguiendo criterios que incluyen las fuerzas telúricas y la numerología que se viene analizando, bajo una lógica que no parece responder a intereses o propósitos de a una escala exclusivamente humana. En capítulos posteriores, conforme la historia de la humanidad avance, la lectura retomará la geografía egipcia para descubrir que la división territorial del Egipto moderno (y la de muchos otros países) también se encuentra ordenada de esta misma forma.
Un último ejemplo completa los cuatro puntos cardinales; el palacio donde en la actualidad tiene su residencia y lugar de trabajo el presidente de Egipto (el palacio de Abdín) dista del punto extremo septentrional de África continental (cabo Angela, Túnez) 1.333,3 millas.
Durante la Dinastía XVIII, el dios Amón de Tebas se había convertido en el rey de los dioses. Su clero (los sacerdotes) acumuló tanta riqueza, tierras y poder político que comenzó a rivalizar e incluso eclipsar la autoridad del propio faraón. Cuando el joven Amenofis IV, el décimo faraón de la dinastía XVIII, ascendió al trono, decidió cortar de raíz la influencia del clero tebano mediante un golpe de Estado espiritual. Abolió el complejo panteón politeísta egipcio e impuso el culto a un único dios supremo: Atón, la personificación del disco solar visible y dador de vida. El monarca cambió su nombre de Amenofis ("Amón está satisfecho") a Akenatón ("Aquel que es útil a Atón") naciendo así el primer henoteísmo estatal. Se cerraron los templos de los antiguos dioses, se confiscaron sus tierras y riquezas, y se envió a soldados por todo Egipto para borrar el nombre de Amón de las paredes, estatuas y monumentos. Para romper definitivamente los lazos con el pasado, Akenatón abandonó Tebas y fundó una nueva capital desde cero en el desierto del Egipto Medio: Ajetatón ("El Horizonte de Atón"), hoy conocida arqueológicamente como Tell el-Amarna. Este evento no fue solo un cambio teológico, sino una reestructuración política y cultural absoluta. Antes del Imperio Nuevo, los dioses egipcios eran locales (Amón de Tebas, Ptah de Menfis) pero al conquistar tierras en Canaán, Siria y Nubia, los faraones gobernaban a extranjeros que no adoraban a Amón. Atón, al ser el sol físico, era un dios que cualquier ser humano del planeta podía ver y adorar. Amarna se fundó hacia el 1349 a.C, con un único propósito: servir como el cuartel general de la revolución religiosa y política del faraón Akenatón. El cambio teológico buscaba crear una religión universal para justificar el dominio egipcio sobre otros pueblos, si analizamos la ubicación de Amarna observamos una conexión relacionada con la geopolítica del momento. Amarna dista 1.333 kilómetros de Washukanni, vista en el apartado dedicado a Acadia-Asiria. Washukanni era sumamente relevante para el Imperio Egipcio, hasta el punto de ser considerada una de las prioridades absolutas de la política exterior de los faraones durante la Dinastía XVIII. Para la corte de Tebas y de Amarna, Washukanni no era una ciudad extranjera cualquiera; era el cuartel general de la potencia que definía si Egipto mantendría su estatus de superpotencia o si caería ante sus enemigos. Mitanni era un "estado tapón" contra la gran amenaza Hitita. Egipto era inmensamente rico en oro (gracias a sus minas en Nubia), pero carecía de recursos estratégicos indispensables para la guerra de la Edad de Bronce: plata, lapislázuli refinado y caballos de alta escuela. Washukanni controlaba las rutas comerciales que traían estos bienes desde Afganistán, los montes Zagros y Anatolia. Las cartas diplomáticas demuestran que el comercio directo entre Amarna y Washukanni era vital. Cuando Washukanni fue finalmente saqueada y debilitada por los hititas la política exterior de Egipto colapsó, abriendo paso a décadas de guerras directas e inestabilidad que culminarían en la famosa batalla de Qadesh bajo el reinado de Ramsés II.
El último faraón de la dinastía XVIII, Horemheb, murió sin herederos directos, para asegurar la estabilidad del país, Horemheb nombró sucesor a su visir y compañero de armas, el general Paramessu, quien asumió el trono con el nombre de Ramsés I. A diferencia de la dinastía anterior (de origen tebano), este nuevo linaje procedía del norte de Egipto (el Delta del Nilo). Eran militares profesionales adoradores del dios de la guerra, Set. Aunque Ramsés I gobernó poco más de un año, fundó la dinastía y dejó el trono en manos de su brillante hijo, Seti I. Seti I (1290–1279 a.C.) se propuso restaurar el prestigio internacional de Egipto, que se había debilitado durante el final de la dinastía anterior. Cruzó las fronteras hacia el Levante para frenar el expansionismo del poderoso Imperio Hitita, reconquistó ciudades estratégicas en Canaán y Siria (como Qadesh). Arquitectónicamente, inició la monumental Gran Sala Hipóstila de Karnak y construyó el bellísimo Templo de Abidos, célebre por albergar la Lista Real de Abidos, un grabado en piedra que rescató la genealogía oficial de los faraones. Abidos se situó a 330 kilómetros del monte Sinaí, como vimos en el apartado dedicado al Antiguo Egipto. La famosa Lista Real de Abidos, esculpida en las paredes del templo de Seti I, muestra al faraón junto a su hijo (un joven Ramsés II) rindiendo honores a los cartuchos de 76 reyes antecesores entre los que no están los de la dinastía XV (los hicsos). Para la Dinastía XIX, los hicsos eran considerados usurpadores extranjeros, "bárbaros" semitas de Canaán que habían profanado el orden sagrado (Maat) del país. La lista real de Abidos cometió su segundo gran salto temporal al llegar al final de la Dinastía XVIII. Borraron sistemáticamente a los cuatro faraones asociados con el caótico periodo de culto exclusivo al sol: Akenatón (el rey hereje que fundó Amarna), Smenjkare (su sucesor), Tutankamón (por el simple hecho de portar la sangre del linaje hereje de su padre) y Ay (el anciano visir que asumió el trono tras la muerte del joven rey). Para los faraones de esta dinastía militar, el recuerdo de los hicsos no era un mito lejano: era el trauma nacional que moldeaba directamente cómo veían a cualquier población de origen semita que viviera en su territorio. Aunque los egipcios nativos de Tebas lograron finalmente expulsar a la dinastía hicsa por las armas (dando inicio al Imperio Nuevo), no todos los semitas se fueron y la psique egipcia quedó profundamente marcada. Para la mentalidad del Nilo, la idea de que un grupo de asiáticos semitas se multiplicara en el Delta y terminara gobernándolos se convirtió en la peor pesadilla del Estado. El clan de Seti I y su hijo Ramsés II no procedía de la nobleza religiosa del sur (Tebas), sino que eran una familia de generales del ejército originaria precisamente del norte de Egipto, precisamente el centro de poder de la familia de Seti I estaba ubicado en los mismos terrenos de la antigua Avaris, la capital maldita de los Hicsos. El Génesis dice: «Se levantó un nuevo rey que no conoció a José», y es que esta nueva dinastía ya no le importaban los antiguos pactos de hospitalidad o los servicios que los hebreos hubieran prestado al reino en el pasado; lo único que veían al mirar el norte de Egipto era a una inmensa población semita multiplicándose rápidamente en la misma frontera por la que siglos atrás habían entrado los invasores. El libro del Éxodo (1:9-10) captura de forma exacta la paranoia de un faraón militar con el recuerdo de los hicsos fresco en su mente: «He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que en caso de guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros». ¿Quiénes eran esos "enemigos" a los que temía Seti I? Los hititas y los reinos de Canaán. Seti I sabía que si lanzaba sus campañas militares hacia el este, no podía permitirse el lujo de dejar a su espalda (dentro de su propio territorio) a miles de semitas desleales que pudieran rebelarse y abrir las puertas del Delta a los invasores de Oriente. Para controlar el peligro, Seti I y su hijo Ramsés II tomaron una decisión radical: construir la nueva capital del imperio, Pi-Ramsés, directamente encima de las ruinas de Avaris (la antigua capital hicsa). Bajo la cronología tradicional que sitúa el Éxodo en el reinado de su hijo Ramsés II, el cruel decreto del faraón de arrojar a los niños varones de los hebreos al río Nilo para frenar su crecimiento demográfico habría sido promulgado por Seti I. Bajo esta hipótesis, Moisés habría sido rescatado de las aguas del Nilo por una de las hijas o hermanas de Seti I, creciendo y educándose en la misma corte militar de este faraón antes de huir al desierto de Madián. En apartados posteriores veremos los alineamientos que provoca la narrativa del éxodo y la llegada a la Tierra Prometida.
El hijo de Seti I, Ramsés II, llevó a la dinastía a su punto más alto. Abu Simbel fue excavado directamente en la roca viva en la lejana Nubia por orden de Ramsés II. Su propósito era doble: funcionar como un templo sagrado para los dioses y para el propio faraón deificado, y servir como un límite psicológico/monumental para intimidar a cualquiera que bajara por el Nilo desde el sur. Al sur, la cultura de Kerma fue una de las civilizaciones más brillantes y poderosas de la antigua África, extendiéndose entre el 2500 a.C y el 1500 a.C en la región de Nubia (actual Sudán). Situada justo al sur de la tercera catarata del Nilo, Kerma se convirtió en el primer reino e imperio nativo de Nubia, llegando a rivalizar y amenazar directamente al Imperio Egipcio. Entre el 2050 y el 1750 a.C, la población se concentró en una gran capital fortificada y comenzó una intensa actividad comercial de oro, marfil, ébano y ganado con el Imperio Medio de Egipto. La época de máximo esplendor e imperialismo fue cuando los reyes de Kerma atacaron Egipto y saquearon tumbas reales, llevando ricos tesoros a su capital aprovechando la debilidad de Egipto durante el Segundo Período Intermedio (invasión de los hicsos). Con el inicio del Imperio Nuevo, los faraones egipcios buscaron venganza. El faraón Tutmosis I (dinastía XVIII) invadió Nubia, destruyó la capital de Kerma y anexó el territorio a Egipto, poniendo fin a este reino independiente. Las tropas que destruyeron Kerma partieron y fueron lideradas por la élite guerrera entrenada en El Kab, un centro administrativo y religioso estratégico de gran importancia en el Alto Egipto. Mientras Tebas (Luxor) era la gran capital religiosa y política del Imperio Nuevo, el Kab asumió oficialmente la capitalidad del III Nomo del Alto Egipto como recompensa por el enorme peso político y militar de sus gobernadores locales, quienes habían sido piezas clave para expulsar a los hicsos y frenar al Reino de Kerma. El Kab, como capital del III Nomon, se encuentra a 66.000 metros del templo de Luxor y a 66 millas náuticas de Philae, el antiguo límite. Además, si se hace una línea desde El Kab hasta Kerma ésta mide 660 kilómetros y Abu Simbel, el templo que sirve como un límite psicológico/monumental para intimidar a cualquiera que bajara por el Nilo desde el sur queda alineado. Además, Abu Simbel es equidistante de El Kab y de Kerma, por lo tanto, dista 330 kilómetros de los dos lugares.
En hebreo, el nombre de Set (Šēṯ) proviene de la raíz que significa "Poner", "Establecer", "Cimiento" o "Sustituto". Eva lo llama así porque dice: «Dios me ha sustituido otro hijo en lugar de Abel». Representa el pilar que sostiene la continuidad espiritual del ser humano. En el idioma egipcio antiguo, el nombre original del dios Set (Stẖ o Sutekh) comparte raíces semíticas muy antiguas con Oriente Próximo. En las dinastías tempranas, el Set egipcio no era el dios del caos; era el dios de la fuerza bruta elemental, el cimiento de la Tierra y el desierto. Al igual que el Set bíblico, el Set egipcio representa el sustrato primordial e indomable de la materia y el terreno. Como los hebreos y los antiguos pastores nómadas eran herederos del impulso de sintonía con la Tierra, veían a Set como un héroe espiritual. Para ellos, la fuerza interior, la meditación y el diálogo con el cosmos eran el "Bien". Por el contrario, veían la metalurgia, las murallas y las armas de Caín como el "Mal". Egipto era una megaciudad estatal centralizada (un entorno Caín avanzado). Para un imperio que dependía de la agricultura perfecta, el orden y la burocracia rígida (representada por el dios Osiris y su hijo Horus), la fuerza salvaje de la naturaleza, las tormentas del desierto y los nómadas extranjeros de las fronteras eran vistos como una amenaza. Por lo tanto, el Imperio Egipcio convirtió al dios Set en el villano de su mitología: el dios del caos que asesina a Osiris. La Dinastía XIX (Seti I y Ramsés II) procedía del norte de Egipto (Avaris), una zona fronteriza hipermezclada con los pueblos semitas y cananeos de Oriente Próximo. Ellos no veían al dios Set como un villano, sino como su protector. Al adorar al dios Set y llevar su nombre a la guerra, la Dinastía XIX cometió el acto de Caín definitivo: tomaron al dios de la fuerza telúrica desértica (el Set egipcio) y lo fusionaron con la metalurgia y los carros de bronce. Lo convirtieron en el dios de los ejércitos que destruía a las tribus nómadas de Canaán. Cuando Ramsés II dice que lucha con la furia del dios Set, está usando la fuerza ctónica bruta de la materia para alimentar su maquinaria militar, demostrando que en el mundo moderno de la Edad del Bronce, Caín ya había aprendido a cabalgar y distorsionar los nombres sagrados del origen para su propio beneficio político. Para la lingüística histórica oficial, la relación directa entre el nombre del patriarca bíblico Set (Šēṯ) y el dios egipcio Set (Stẖ o Sutekh) se clasifica principalmente como una homonimia (coincidencia de sonido), ya que pertenecen a familias de lenguas distintas (semítica y afroasiática/egipcia). La etimología exacta del dios Set egipcio es uno de los mayores misterios de la egiptología. No hay consenso; unos dicen que significa "el que deslumbra" o "el que desestabiliza". Donde la lingüística académica sí coincide por completo es en la época de la Dinastía XIX (los Ramésidas). La egiptología oficial confirma que durante el Imperio Nuevo, debido a la enorme inmigración de pueblos cananeos y semitas al Delta del Nilo, los propios egipcios asociaron y fusionaron al dios Set con los dioses semíticos de las tormentas y la guerra de Oriente Próximo, como Baal y Reshef. Hubo un mestizaje lingüístico y religioso real donde el Set egipcio absorbió la personalidad del guerrero semita. Para las tradiciones ocultistas, cabalísticas y herméticas (desde los gnósticos del siglo II hasta egiptólogos alternativos y sociedades esotéricas del siglo XIX), los dos Sets son de forma indiscutible las dos caras de la misma fuerza cósmica y planetaria. En los primeros siglos del cristianismo, existió una corriente gnóstica (los setianos) que afirmaba que el Set bíblico poseía la sabiduría celestial secreta. Al estudiar los mitos egipcios, estos iniciados afirmaban que el Set del Nilo era la manifestación física y densa de esa misma energía en la Tierra: la fuerza del magnetismo, el hierro y las corrientes ctónicas. En el hermetismo, el dios egipcio Set es el dueño del hierro (al que los egipcios llamaban "los huesos de Set"). Para los esoteristas, que el linaje de Caín e Indra adopten el hierro y que la Dinastía XIX rinda culto a Set para la guerra es la confirmación de que el nombre de Set quedó atrapado en el plano de las ciencias mecánicas, transmutando su antigua sintonía espiritual en fuerza física y militar. El Imperio Medio fue el periodo del mestizaje silencioso. Mientras el Estado egipcio utilizó la ingeniería de Caín para desecar oasis y crear el gran sistema hidráulico de El Fayum, los clanes seminómadas que entran al delta del Nilo portan el impulso orgánico de Set pero con el tiempo, este flujo migratorio se vuelve tan masivo que terminó por desestabilizar el gobierno central, provocando el Segundo Periodo Intermedio. El quiebre definitivo ocurre cuando un pueblo extranjero del Levante, los hicsos, toma el control del Bajo Egipto portando la tecnología punta de la Edad del Bronce: el carro de guerra de caballos y las espadas curvas de bronce. Tras siglos de ocupación, los príncipes tebanos (como Amosis I) logran expulsar a los Hicsos, pero para hacerlo, sufren una mutación radical: Egipto se infecta de la tecnología militar cainita. Nace el Imperio Nuevo (la era de Tutmosis III, Akhenatón y Ramsés II). Egipto abandona para siempre su aislamiento defensivo y pacífico. Se convierte, oficialmente, en un Imperio Militar Expansivo y conquistador. Crean un ejército profesional permanente acorazado en bronce, conquistan militarmente toda Canaán, Siria y el norte de África para asegurar el botín y los metales. En lugar de pirámides abstractas y piezoeléctricas sintonizadas con las estrellas, los faraones del Imperio Nuevo levantan templos monumentales imperiales (Karnak y Luxor) llenos de colosales estatuas de sí mismos (los Colosos de Memnón o Abu Simbel) y relieves que glorifican la matanza de sus enemigos en batalla. La arquitectura ya no busca sintonizar el latido de la Tierra (Set); busca escenificar el poder absoluto y centralizado del Estado e imponer su voluntad sobre el paisaje (el Caín definitivo).
En el siglo VIII a.C, Egipto aflojó el control sobre la zona de Kush a causa de enfocar la atención hacia la zona del Mediterráneo. Durante la dinastía XXV, la dinastía kushita de Napata consiguió llegar al poder manteniendo a la ciudad como un importante centro de poder en Egipto. Siglos más tarde, los faraones nubios kushitas perdieron el país ante los asirios y volvieron a Napata, esta fue saqueada por el Egipto de Psamético II en 590 a.C y la capital se trasladó a Meroe y desde entonces se conoció como reino de Meroe. En un apartado posterior veremos alineamientos que se dan en este nuevo reino que nos llevarán a conocer los alineamientos de la civilización Aksum y los de Etiopía pero por ahora seguiremos analizando a los descendientes de Noé. Aún queda por conocer la descendencia de Jafet, hermano de Sem y Cam. Los hijos de Jafet fueron Gomer, Magog (padre de los ucranianos y rusos), Madai (de los medos), Javán (de los griegos), Tubal (de la Iberia caucásica), Mesec (Georgia) y Tiras (tirrenos). Si nos centramos en Madai, que corresponde a los medos, podemos introducir los alineamientos del imperio Persa, sus sucesores, en el siguiente apartado. Ahí seguiremos analizando la descendencia de Jafet.